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CEDIENDO DERECHOS
Cómo conquistar la Ira...
“Deja la ira, y desecha el enojo; no te excites en manera
alguna a hacer lo malo” (Sal. 37:8).
En Filipenses 2: 5-8 se explica la
actitud de Cristo hacia sus derechos, y cómo nosotros debemos
tener la misma mentalidad que Él en esta área. Dice así:
“Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también
en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó
el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó
a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres;
y estando en la condición de hombre, se humilló a sí
mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”
¿Qué diferencia hay entre derechos y responsabilidades?
Un derecho es una exigencia legal que una persona puede hacer a otra
con la confianza de recibirla. Un padre puede exigir que sus hijos le
honren, porque la Ley de Dios dice: “Honra a tu padre y a
tu madre...” Efesios 6:2
El anciano puedo exigir que el joven se ponga de pie cuando él
entre a la habitación, porque la Ley de Dios dice “ Delante
de las canas te levantarás y honrarás el rostro del anciano
y de tu Dios tendrás temor. Yo Jehová" (Levítico
19:32)
La esposa tiene derecho a que su marido le muestre a ella el amor de
Cristo, porque la Escritura ordena “Maridos, amad a vuestras
mujeres, así como Cristo amó a la Iglesia, y se entregó
a sí mismo por ella” (Efesios 5:25)
Responsabilidades son las obligaciones que Dios nos impone, para que
se cumplan los derechos que Dios ha dado a otros. Los hijos tienen la
responsabilidad de honrar a sus padres, los jóvenes tienen la
responsabilidad de honrar a los mayores, y los esposos tienen la responsabilidad
de amar a sus mujeres.
En otro sentido , el padre tiene la responsabilidad de criar a sus
hijos para que sean respetuosos, los ancianos tienen la responsabilidad
de enseñar a los jóvenes a ser piadosos y respetuosos,
las esposas tienen la responsabilidad de respetar a sus maridos, para
que sus maridos sean más capaces de amarlas.
I. CEDIO SU DERECHO A LA RIQUEZA.
La riqueza y el esplendor del cielo no pueden ser imaginados por nuestras
mentes finitas. “...como está escrito: cosas que ojo no
vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre,
son las que Dios ha preparado para los que le aman” (I
Cor. 2:9).
Para que Cristo pudiera redimirnos del pecado tuvo que dejar la gloria,
belleza y majestad del cielo.
A. Recompensa de ceder el derecho a la riqueza y la
comunión:
Así como Cristo regresó al cielo con mayor riqueza que
la que había tenido antes (comunión con todos aquellos
a quienes había redimido), así nosotros recibiremos tesoros
mucho mayores en esta vida y en la venidera, en la medida que cedemos
nuestros derechos a la riqueza y las posesiones.
II. CEDIO SU DERECHO A UNA BUENA REPUTACIÓN.
En el cielo Cristo es adorado continuamente, y su Nombre es altamente
honrado. El es el Rey de reyes, y Señor de señores, pero
cuando vino al mundo “se despojó de sí mismo”.
En lugar de nacer en la riqueza, nació en la pobreza. Su pueblo
tenía tan mala fama que cuando Felipe le contó a Natanael
acerca de Cristo, Natanael le respondió, “...¿De
Nazaret puede salir algo bueno?...” (Juan 1:46).
La manera en que Jesús fue concebido también arrojó
sospechas acerca de su reputación. Los líderes religiosos
rechazaban el hecho de que había sido concebido por el Espíritu
Santo, y nacido de una virgen. Por tanto, en la mente de ellos, Él
era un hijo ilegítimo.
Al ceder sus derechos, y obedecer de inmediato cada orden de su Padre
Celestial, Él dañó aún más su popularidad
entre los líderes religiosos. Ellos se alarmaban porque Él
permitía que una mujer de mala fama le lavara sus pies. (Véase
Lucas 7:38-50).
Ellos se ofendieron porque Él sanó a un hombre en día
de reposo.(Véase Marcos 3:1-6).
Sin embargo, el peor daño a su reputación ocurrió
cuando fue arrestado, acusado de muchos crímenes, y clavado en
una cruz.
A. Recompensa de ceder el derecho a una buena reputación:
Por el hecho de que Cristo sacrificó su reputación por
nosotros, al obedecer la dirección de su Padre Celestial, nosotros
somos redimidos, y Cristo recibió un nombre que es sobre todo
nombre. “Cristo nos redimió de la maldición
de la ley, hecho por nosotros maldición...” (Gálatas
3: 13).
“Por lo cual Dios también lo exaltó hasta lo
sumo, y le dió un nombre que es sobre todo nombre”
(Filipenses 2:9).
B. ¿Cómo cedemos nuestras reputaciones
a Dios?
Uno de los deseos más frecuentes que tenemos es el ser aceptados
por otros. Estamos muy concientes de lo que otros piensan de nosotros,
de quién nos quiere, y de quién no nos quiere. Dios desea
que lleguemos a la decisión madura de entregarle a Él
todos los derechos a nuestras reputaciones. De allí en adelante,
no estaremos preocupados por lo que la gente piense de nosotros, sino
más bien, por representar adecuadamente a Cristo ante los que
están a nuestro alrededor, y por lo que ellos piensen de Él.
Cuando llegamos a ocuparnos de la reputación de Cristo, y dedicarnos
a proteger su reputación como protegeríamos la nuestra,
entraremos a un nuevo y emocionante nivel de madurez espiritual, y propósito
para nuestra vida.
III. CEDIO SU DERECHO A SER SERVIDO.
Cristo es el Creador de todo ser viviente. Como tal, tiene derecho
de que otros le sirvan a Él. El tiene el poder sobrenatural para
imponer su voluntad a todo el que Él quiera. Pero, Él
eligió ceder sus derechos a sus discípulos, y servirles
a ellos. Una de las tareas más humillantes del tiempo de Jesús
era el de lavar los pies de los invitados. Por tanto, este servicio
con frecuencia se descuidaba. Cristo usó esta necesidad para
demostrar un aspecto importante de la mansedumbre. “Sabiendo
Jesús que el Padre le había dado todas las cosas en las
manos, y que había salido de Dios, y que a Dios iba...comenzó
a lavar los pies de los discípulos...” (Juan
13: 3, 5).
En su siguiente declaración, el Señor explicó
que, así como por su naturaleza Él voluntariamente cedía
sus derechos a su Padre, quería que sus discípulos mostraran
la misma actitud:
“De cierto, de cierto os digo: El siervo no es mayor que
su señor, ni el enviado es mayor que el que le envió.
Si sabéis estas cosas, bienaventurados seréis si las hiciereis”
(Juan 13: 16-17).
A. La recompensa de ceder el derecho de ser servido:
Dios ha establecido el principio de que la humildad ha de preceder
a la honra.
(Véase Proverbios 15: 33.). Al manifestar la
cualidad de mansedumbre, cediendo nuestro “derecho” de ser
servidos, nos humillamos, y así llenamos un requisito para recibir
bendición.
IV. EL CEDIO SU DERECHO A LAS COMODIDADES FÍSICAS.
Las disciplinas personales practicadas por nuestro Señor para
cumplir con un horario diario pesado, demuestran el hecho de que, el
que desea un espíritu manso debe poder mantener su cuerpo bajo
disciplina. Aún cuando Cristo sí se valió ocasionalmente
de los placeres de la hospitalidad que se le ofreciera por el camino,
habitualmente se negó muchas de las comodidades básicas
de la vida.
Marcos registra el arduo horario de un día típico en el
ministerio público de Jesús. (Véase Marcos
1: 32-33, 35).
Cristo frecuentemente anduvo las veredas polvorientas del desierto,
predicó al aire libre, durmió en el suelo, y navegó
las aguas agitadas, imprevisibles del Mar de Galilea. El hecho de que
Jesús pudiera dormir en un barco de pesca durante una tormenta
violenta, indica lo cansado que debería haber estado. Vivió
sin hogar y sin un medio de transporte, a fin de poder cumplir con la
voluntad de su Padre, y asegurarse la máxima productividad de
su ministerio. Cuando un seguidor le dijo a Jesús que quería
ser su discípulo, Jesús percibió que su verdadera
motivación era obtener seguridad terrenal. El expuso esta motivación
al decirle: “...Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo
nidos; más el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar
su cabeza” (Mateo 8:20).
A. La recompensa de ceder el derecho a la comodidad
física:
Cuando entregamos nuestro derecho a la comodidad y confort al Señor,
podremos aprender las disciplinas que nos harán buenos soldados
del Señor Jesucristo. “Tú, pues, sufre penalidades
como buen soldado de Jesucristo” (II Timoteo 2:3).
Conforme aprendemos disciplinas físicas externas, somos capaces
de transformarlas en disciplinas espirituales internas bajo la dirección
del Espíritu Santo. La importancia de estas disciplinas lo señala
Pablo, quien mantenía su cuerpo bajo la más estricta disciplina.
Su inquietud: “...No sea que habiendo sido heraldo para otros,
yo mismo venga a ser eliminado” (I Corintios 9: 27).
Cuando cedemos los miembros de nuestros cuerpos a Dios para su control,
se convierten en instrumentos de justicia para el Espíritu Santo.
(Véase Romanos 6: 13).
V. EL CEDIO SU DERECHO A TOMAR SUS PROPIAS DECISIONES.
Posiblemente el Derecho más difícil de ceder sea el de
tomar nuestras propias decisiones. Sin embargo este derecho, si no lo
cedemos totalmente, destruirá el espíritu de mansedumbre.
Cuando Jesús tenía doce años, entendía su
vocación, y expresó su deseo de ocuparse en los negocios
de su Padre. Sin embargo, Él cedió a la dirección
de Dios a través de sus padres, y esperó hasta los treinta
años de edad para comenzar su ministerio público.
Durante sus años de ministerio no tomó ninguna decisión
por su propia cuenta,, sino que hizo únicamente lo que le ordenaba
su Padre. Su actitud continuamente era, “No se haga mi voluntad,
sino la tuya”.
Cuando Jesús fue arrestado y entregado a las autoridades civiles,
Dios llevó a cabo su plan final mediante las decisiones de ellas.
A. La recompensa de ceder el derecho a la toma de
decisiones:
La actitud que das destruye la mansedumbre y acarrea el juicio de Dios
es el orgullo. El orgullo es retener para nosotros el derecho a tomar
la decisión final. Al ceder este derecho, conquistamos la raíz
del orgullo.
Después de comentar estos versículos con la familia,
resultó obvio que algunos de los que ellos llamaban derechos
en realidad no lo eran. Ellos estaban confundiendo derechos y responsabilidades
y expectativas. Para que esta familia pudiera tener armonía,
era necesario que cada miembro entendiera las diferencias precisas entre
cada uno de estos términos.
“ No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino
que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también
asido por Cristo Jesús. Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo
ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda
atrás y extendiéndome a lo que está delante, prosigo
a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.
Así que, todos lo que somos perfectos, esto mismo sintamos,
y si otra cosa sentís, esto también os lo revelará
Dios. Pero en aquello a que hemos llegado, sigamos una misma regla,
sintamos una misma cosa.
Hermanos, sed imitadores de mí y mirad a los que así
se conducen según el ejemplo que tenéis en nosotros, porque
por ahí andan muchos, de los cuales os dije muchas veces, y aun
ahora lo digo llorando, que son enemigos de la cruz de Cristo. El fin
de ellos será la perdición. Su dios es el vientre, su
gloria es aquello que debería avergonzarlos, y solo piensan en
lo terrenal. Pero nuestra ciudadanía está en los cielos,
de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo.
El transformará nuestro cuerpo mortal en un cuerpo glorioso semejante
al suyo, por el poder con el cual puede
también sujetar así mismo todas las cosas”
Filipenses 3:12-21
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